Acaba de publicarse el libro 69 - Dibujos eróticos por artistas peruanos. - 03/07/2009
Prólogo
Y en las bocas las lenguas enlazarse...
Pietro Aretino, Epílogo II, Sonetos sobre los “XVI Modos”, 1527
Héctor Ñaupari*
En contra del saber común, la representación erótica es, en realidad, la profesión más antigua del mundo. En efecto, para hacer tangible el objeto de nuestro deseo, para fijarlo en nuestra mente antes de poseerlo, hay que darle forma y contenido. A través del erotismo encarnado en una pintura, un grabado, un dibujo o una escultura, es que podemos encender el frenesí en los otros. A partir de esa imagen, ofrecerlo, adquirirlo, seducirlo o tomarlo por la fuerza resulta su inmediata consecuencia. En resumen: el objeto de nuestra apetencia sexual, luego de mirado, debió ser representado en forma erótica para poder llegar a él. A su vez, éste necesitó de la representación para existir y conquistar derecho de ciudad.
En ese orden de ideas, del trazo desmesurado y amplio hasta la obesidad, de las cavernas, a la precisa filigrana del formato digital; desde las explícitas ilustraciones de Giulio Romano y Marcantonio Raimondi hasta las historias ilustradas del Marqués de Sade y de John Cleland, y de ellas al noveno arte –el cómic- que consagra a Milo Manara, Horacio Altuna y Paolo Serpieri, el dibujo erótico se ha dedicado devotamente, durante siglos, a adorar el carácter sobrenatural del placer sexual. Lo sacro – corpóreo, con sus deidades elementales (los “dieciséis modos” de Romano y Raimondi) así como sus infinitas variaciones, han representado en todo momento una amenaza directa a todo lo establecido y políticamente correcto. Sus opositores no han escatimado censuras, hogueras, prisiones, ejecuciones o términos deleznables para neutralizar, destruir o encanallar a sus fieles y supremos sacerdotes.
En ese filoso y triple límite de la adoración, el escándalo y la censura, por la que anduvo desde siempre la representación de lo sexual, se encuentra ahora el libro que prologamos – sugestivamente titulado 69, diáfano ejemplo de la existencia de una erótica numérica – que reúne los excelentes trabajos de doce jóvenes artistas: Jack Caballero, José Luis Carranza, Luis Castellanos, John Chauca, Iván Fernández–Dávila, Elizabeth López Avilés, Valia Llanos Llacza, Jorge Miyagui, Robert Orihuela, Marcos Palacios, Samuel Pintos y Jairo Robinson.
Poseídos por el fuego pentecostal del erotismo, estos doce creadores nos deleitan, nos insuflan de pasión, nos llevan a buscar el sitio más umbrío para desatarnos o descubrirnos. En dos palabras, nos ponen.
Veamos. En la acepción de Quintanilla, los dibujos de Jack Caballero rezuman fuerza e intensidad animal. Con la luz helada y lúgubre de Otto Dix por guía, los dibujos de José Luis Carranza reinventan al divino Marqués y añaden algunas noches a las 120 jornadas de Sodoma. Los trazos profundos y oscuros de Castellanos reculan entre la imaginación y la contemplación. Por otra parte, la brillantez de John Chauca y su escarceo (¿o reinvención?) de las más conocidas pinturas del renacimiento son desafiantes en su insolencia creativa. Mis ojos se detuvieron sobre todo en el pie fetiche y la mano que lo toca y señala: deliciosa manera de establecer lo sexual sagrado.
Iván Fernández – Dávila es clásico, por lo contemplativo y sucio, como debe ser el sexo febril y arriesgado. Sus turbadoras doncellas demuestran su deleite por las nalgas aduraznadas y firmes. Valia Llanos Llacza nos conduce por el surrealismo erótico del mejor Dalí. La poesía de sus dibujos nos deja llevar hacia tierras incógnitas, nuevas y por supuesto plenas. Elizabeth López Avilés explora el fetichismo esencial por excelencia: el pie femenino. Descalzo o entrevisto apenas en el calzado, merece mi especial atención el húmedo pie que se asienta en la grifería de la tina, y que deja adivinar el frenesí masturbatorio o la ansiedad ante la llegada del amante. En su línea, Jorge Miyagui nos ofrece el sincrético balance del erotismo popular y del siempre bien apreciado hentai o manga erótica japonesa.
A su vez, Marcos Palacios concentra el delicado trazo de Guido Crepax y su gusto por la desnudez apenas ataviada de los inmisericordes hilos dentales. Robert Orihuela, por su parte, nos da la certeza de lo sagrado femenino: en la belleza de sus dibujos se explica porqué los heliastas absolvieron a Friné y nos legaron el asombro ante la viva imagen de Afrodita. Samuel Pintos nos da algunas carnales variantes de las posturas sexuales, en tanto que preguntas y acciones que nos subyugan y acometen. Por último, tributario de Modigliani, Jairo Robinson nos envuelve en la frontalidad sexual de sus hermosas mujeres, desnudas y dispuestas.
Dándole a este libro, 69, mi más fervorosa recomendación, les dejo la siguiente advertencia: sumérjanse en sus páginas, extiéndale como ofrenda su poderosa imaginación, y acepten la invitación a la lujuria más pura que sus autores les ofrecen.
Lima, 2009
: Más Notas de Prensa :
Archivo :
Julio
- Junio
- Mayo
- Abril
- Marzo
.

IR A
INICIO